¡Socorro, tengo un adolescente en casa!

Un adolescente solo paseando por la ciudad, con gesto serio.

Hace unos días leí un artículo en que se hablaba del considerable aumento que habían tenido los casos de autolesiones en jóvenes en los últimos años. En España, este artículo cifraba en un tercio (34,7%) el número de jóvenes que había declarado haberse autolesionado en alguna ocasión durante 2025.

En los años que he coordinado el Departamento de Psicología y Coaching del Ayuntamiento de Madrid he atendido a muchos jóvenes que presentaban signos de autolesiones. Algunos se dañaban a sí mismos para sustituir el dolor emocional por el físico, otros como forma de castigo hacia sí mismos, otros para tratar de “sentir algo” y otros con intención suicida. En cualquier caso, es un problema grave que debemos tener muy presente.

La adolescencia es una etapa difícil. Por suerte, no todos los adolescentes deciden autolesionarse, pero la gran mayoría sí tienen comportamientos de riesgo. En esta etapa, los jóvenes se encuentran desregulados emocionalmente. No saben cómo afrontar situaciones que les generan emociones desagradables como el aburrimiento, el estrés, la frustración, la rabia o la tristeza. Hay un momento en el que parece que todo les molesta. Sienten que el mundo se ha vuelto contra ellos, que nadie les entiende. Y, por supuesto, odian a sus padres.

Están tratando de construir su propia identidad. Pero ese paso de crisálida a mariposa duele. En esta etapa la aceptación social es fundamental para ellos. Necesitan formar parte del grupo y, a la vez, distanciarse de sus padres. Esto les lleva muchas veces a realizar comportamientos perjudiciales para su salud o que incluso pueden poner en riesgo su vida. Hoy en día, las redes sociales tienen un papel fundamental en este fenómeno.

Un adolescente, sentado en la silla gamer de su habitación. El adolescente está enfadado, tiene un gesto serio, está frustrado.

Los adolescentes suelen pasar por grandes altibajos emocionales. A veces a lo largo de un mismo día pueden reír y llorar varias veces sin realmente saber ni por qué.

Las discusiones en casa suelen ser casi continuas. Y los padres, que hasta hace bien poco tenían en casa un niño o una niña adorables, de repente se encuentran sobrepasados. ¿Qué pueden hacer?

Lo más importante en estos momentos es que los padres actúen como un bloque. Nada de fisuras, nada de hacer de “poli bueno y poli malo”. Los adolescentes rápidamente detectan estas fisuras y aprenden a manipular la situación, haciendo que su progenitor más permisivo contradiga la decisión del otro (divide y vencerás).

Además, los padres deben dar ejemplo. Siempre, pero ahora más que nunca. Un adolescente no aprende de lo que le decimos sino de lo que hacemos.

Nunca se debe castigar “en caliente”, a no ser que se esté realmente seguro de poder llevar el castigo hasta sus últimas consecuencias. Yo recomiendo que la pareja se siente tranquilamente a establecer, por escrito, las normas de la casa y sus consecuencias, de manera que no haya que improvisar y esté bien claro lo que sí se acepta y lo que no. En general funcionan mejor los castigos a corto plazo (para ese día, dos días o una semana). Los castigos demasiados largos en el tiempo (un mes) pueden generar el efecto contrario ya que posiblemente como padres no seamos capaces de mantenerlo, y si lo hacemos el adolescente puede reincidir en su mal comportamiento porque considere que “en cualquier caso está castigado para siempre”.

Un adolescente discutiendo con sus padres.

Estas normas y sus consecuencias deben comunicarse al adolescente por anticipado. De esta manera tendrá la capacidad de elección, sabiendo que cada decisión tiene sus propias consecuencias.

Los padres no deben entrar en conflicto constantemente sino tener claro en qué “batallas” interesa pelear. Habrá algunos temas que son verdaderamente importantes y otros en los que se podrá ceder o negociar.

Al discutir con un adolescente se deben evitar los comentarios críticos hacia su persona (“eres un vago”) y los que de alguna manera pretendan generar culpa (“¿por qué me haces esto?”). Sólo debemos hacer referencia al comportamiento, no a la persona (“has llegado tarde”). Y nunca se les debe seguir en su escala ascendente de discusión. Los padres no pueden ponerse a su nivel. Eso sólo les generará frustración, impotencia y mucho malestar.

En resumen, normas y límites claros, con ambos progenitores de acuerdo. Y controlando sus propias emociones como padres.

Pero además de los límites y los castigos no deben dejar pasar qué emociones está intentando transmitir su hijo con su comportamiento. Después de una pelea, de un incidente, es necesario buscar el momento para hablar con el adolescente de lo que ha ocurrido. De cuáles han sido sus razones para comportarse así, y qué emociones está sintiendo. Los adolescentes necesitan mucha validación de sus emociones (“Entiendo que lo estabas pasando bien y te quisieras quedar más rato, pero llegaste tarde a casa y por eso estás castigado. Comprendo que ahora estés enfadado, pero ya conocías la norma y tú decidiste saltártela”).

Poco a poco hay que ayudarles a gestionar esas emociones desagradables que inevitablemente van a formar parte también de su vida. La comunicación con los hijos, desde la escucha activa, libre de juicios, es una gran herramienta para poder acompañarles y guiarles en esta nueva etapa.

@GemaSancho

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