Nuevos propósitos

Nuevos propósitos

Hacía ya algún tiempo que había escrito su lista de los “nuevos propósitos”. Una lista, no muy larga, de aquellas cosas que quería mejorar. Cada día, antes de levantarse, cogía el papel que dormía en su mesilla, junto a la lámpara y un viejo libro, y lo repasaba deslizando su dedo por cada una de sus líneas, como si al tocarlas pudiera convertirlas en realidad.
Sabía que sólo dependía de sí mismo poder realizar los cambios que ansiaba en su vida. Despacio, volvía a dejar el papel en su mesilla, respiraba hondo y se preparaba para comenzar un nuevo día ensayando una sonrisa.
Había oído decir que los pensamientos positivos le ayudarían a hacer realidad sus sueños pero, al asomarse a la ventana de su habitación comenzó a sentir que el universo se había cansado de su lista de propósitos. Sintió frío. Se enfundó un viejo jersey de lana y consiguió apartar por un momento esos malos pensamientos. Un buen café seguro que ayudaría.
La cafetera despedía un fantástico aroma y, por un momento, se trasladó a aquella mañana de verano en la que el sol comenzaba a reflejarse sobre el mar mientras las gaviotas revoloteaban en busca de su primer alimento. Cerró los ojos y sonrió saboreando el delicioso café. Definitivamente, hoy iba a ser un gran día.
De repente, sin poder evitarlo, una lucha comenzó a desarrollarse dentro de su alma. No había dormido bien y no se sentía con fuerzas para vencer a los malos pensamientos que se agolpaban en su cabeza. Poco a poco se hacían con el control. No puedo! – pensó – Es demasiado difícil.
Cogió de nuevo la lista con la intención de sofocar su ánimo pero esta vez las palabras le resultaron vacías. Estúpida lista! La arrugó con sus manos y la lanzó con rabia contra la pared.
Sentía que había fracasado y comenzó a llorar. Lágrimas de rabia, de impotencia y de desolación.
Entonces fue cuando sintió el abrazo de alguien a su lado. Un beso silencioso rozó su mejilla. Y fue en ese instante cuando lo comprendió: no estaba solo.
La paz volvió a adueñarse de su cuerpo, destensando sus músculos y permitiéndole abrir los ojos de nuevo para volver a mirar la realidad con esperanza. Recogió la bola de papel y comenzó a estirarla. Pasó su dedo por cada una de las líneas y sintió el relieve de las arrugas. Una idea pasó por su cabeza y le hizo sonreír: ahora parece más real, tiene arrugas, como yo.
Volvió a dejar la lista sobre su mesilla, junto a la lámpara y aquel viejo libro. Y se preparó para comenzar un nuevo día con energías renovadas. Ahora todo era posible, no estaba solo.

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