Renovarse o morir

Renovarse o morir

Últimamente he seguido con atención la polémica creada en torno a la figura de Ana Tarrés, la hasta ahora seleccionadora nacional de natación sincronizada. Tengo que reconocer que tenía mis dudas al respecto. Hasta ahora había escuchado principalmente la cara A del vinilo, la de las nadadoras, y esperaba la oportunidad de poder darle la vuelta y escuchar también la cara B, la de Ana.

Y ayer surgió la oportunidad: Ana Tarrés hablaría sobre la exigencia en el deporte de alto rendimiento en el Foro 2014-As. Por supuesto, asistí. Fue una charla interesante en una sala repleta de periodistas que horas más tarde ya reflejaban más o menos fielmente las palabras de la entrenadora.

Pero, como casi siempre, no fue lo que dijo sino cómo lo dijo. Vi una Ana Tarrés nerviosa, dubitativa, que se agarraba al guión de su discurso para poder mantener esa imagen agradable de persona exigente y valiosa. Pero sus sonrisas parecían ensayadas y cada frase que se escapaba de lo previsto dejaba entrever muecas de crispación. Rápidamente echaba mano de algunas caras amigas para volver a sostener su valía y recalcar sus éxitos.

Nadie discute sus éxitos al frente del equipo nacional, eso es indudable, sino si su estilo de liderazgo ha sido el más adecuado.

Me llamó extraordinariamente la atención el hecho de que al hablar de fracasos y de errores lo hacía en plural mientras que utilizaba la primera persona al nombrar las medallas alcanzadas. Desgraciadamente, esta forma de hablar aún es habitual no sólo en el ámbito deportivo sino también en el empresarial. Cuántos jefes echan la culpa de los fracasos a sus subordinados mientras que presumen de los laureles alcanzados. ¿No estamos todos en el mismo barco?

Me sorprendió que, al hablar de sus nadadoras, niñas que han pasado horas y horas entrenando con ella, luchando por un objetivo (¿común?), después de más de 15 o 20 años de convivencia con algunas de ellas, definiera su relación como “cordial” y se justificara declarando que nunca ha pretendido ser su “amiga”. ¿No hay nada entre la amistad y la cordialidad? Los padres que no somos amigos de nuestros hijos ¿mantenemos con ellos una relación “cordial”? Desconozco las razones que le han podido llevar a marcar esa distancia con ellas y no soy quién para juzgarla pero lo que sí sé es que su lenguaje no verbal en ese momento era el reflejo de una persona fría e insensible. ¿Qué habrán percibido sus nadadoras en estos años?

Muchos directivos también optan por mantener esa distancia con sus subordinados, la mayoría de las veces por falta de habilidades para mantener la distancia adecuada. Pero, cuando no hablamos de jefes y subordinados sino que hablamos de “equipos” ¿es lo más adecuado? ¿cómo pretendes conocer a tu equipo si no te interesa lo más mínimo conocerlo? ¿cómo vas a ofrecer la palabra de aliento adecuada en cada momento si sólo son para ti el medio para conseguir tus objetivos? ¿Piezas en un tablero de ajedrez?

La minusvalía a sus chicas y casi me atrevería a decir el desprecio se escapaba entre frases, seguramente fruto de esa visión tan limitada hacia lo que realmente son y lo que ellas le han ayudado a conseguir con su esfuerzo y su trabajo diario.

Amo el deporte y cada vez que escucho hablar a deportistas o entrenadores disfruto especialmente con la pasión que transmiten, con el cariño por lo que hacen. Ayer no lo vi, no lo sentí.

Se habló de resultados, de trabajo, esfuerzo, capacidades y talentos. Lo mismo podía ser una charla sobre natación sincronizada que sobre ventas o producción. Tan sólo datos, sin pasión.

Cuando una empresa pierde su pasión, pierde el alma y tarde o temprano, los números no salen.

Dijo Ana que en todos estos años había hecho evolucionar a sus nadadoras, exprimiendo sus (no suficientes) capacidades. Y mi pregunta es ¿cómo ha evolucionado ella en su manera de liderar?

En la empresa y en el deporte a todos nos juzgan por resultados. Pero a veces obtener resultados no es suficiente. ¿Qué estás aportando tú en este momento para que se sigan alcanzando los resultados?

En ocasiones el orgullo nos ciega y no nos deja ver que lo que hasta ahora ha funcionado puede que hoy deje de hacerlo. ¿Hay algo que podrías hacer mejor, diferente?

Nadie es imprescindible. Renovarse o morir.

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