Deporte de base: coherencia y responsabilidad

Deporte de base: coherencia y responsabilidad

Todo el mundo conoce los muchos beneficios que el deporte ofrece para la formación de nuestros hijos. La práctica deportiva se vincula con valores como la capacidad de esfuerzo, la resiliencia, el trabajo en equipo, el compañerismo,… Sin embargo, hacer deporte no implica necesariamente que estos beneficios se produzcan. La diferencia está en cómo se realiza ese deporte, qué objetivos se persiguen y cómo se pretende alcanzarlos. Todos los que rodeamos la actividad deportiva de los jóvenes, desde la propia organización del club, la dirección técnica, los entrenadores y las familias, podemos poner nuestro granito de arena para hacer que el deporte contribuya verdaderamente a su formación o a todo lo contrario.

El deporte mal entendido puede llevar a los chicos a ser agresivos, egoístas, a no saber enfrentarse a situaciones complejas, a sentirse víctimas, sufrir estrés, perjudicarles físicamente o minorar su autoestima. Todos estos riesgos forman también parte del deporte. ¿Es eso lo que queremos para nuestros hijos? ¡Por supuesto que no! Por eso no se trata sólamente de hacer deporte sino de hacerlo bien. Y hacerlo bien tiene que ver con la coherencia y la responsabilidad de todos los que rodeamos al joven deportista.

Lo primero que debemos entender es que el deporte de base no es lo mismo que el deporte profesional en miniatura y, por tanto, no podemos aplicar directamente sus modelos y maneras de funcionamiento. El deporte de base tiene un componente fundamental, el de la formación del deportista. No sólo en capacidades físicas, técnicas o tácticas sino también en aquellas habilidades personales que le permitan sacar el máximo partido de su paso por el deporte. La gran mayoría de los chicos que se inician en el deporte de competición lo abandonarán en algún momento de su vida. Surgirán otros intereses, otras actividades que requieran su tiempo, y pocos serán los que continúen su camino hacia el deporte profesional. Por ello debemos asegurarnos de que su paso por el deporte les proporcione verdaderamente todos esos beneficios (recursos, habilidades, valores) que ellos puedan trasladar a otros ámbitos de su vida.

Los chicos, a lo largo de las distintas etapas madurativas, tienen diferentes capacidades y necesidades. No se les puede exigir lo mismo con seis años que con quince. Esto, aunque parece obvio en la teoría, no lo es tanto en la práctica. Muchos clubes, entrenadores y padres proyectan en los chicos sus propios deseos o ambiciones sin tener en cuenta la repercusión que esas exigencias pueden tener en los deportistas. Un programa deportivo debe estar estructurado por etapas, teniendo muy en cuenta estas necesidades. Pero además, debe llevarse a la práctica.

Por eso, del mismo modo, las características de los entrenadores no pueden ser las mismas para las diferentes etapas. En deporte de base no es mejor entrenador aquel que en una temporada gana más partidos con su equipo sino aquel que consigue mejorar el rendimiento de todos sus jugadores, favorece su adhesión al deporte, les hace crecer y mejorar tanto individualmente como en equipo y contribuye a su desarrollo como jugadores y como deportistas. Es un camino a largo plazo, donde tanto los éxitos como las derrotas deportivas ayudan a fortalecer a los chicos y a obtener aprendizajes que les ayudarán a lo largo de toda su vida. No se trata de renunciar a los éxitos sino de lograrlos a través del trabajo y la mejora continuas.

Muchos elementos que rodean al deporte, mal gestionados, pueden inclinar la balanza hacia los perjuicios, no los beneficios. El deporte de competición va siempre ligado a intensas emociones. Aprender a gestionarlas y aprovecharlas es un aspecto fundamental que, sin duda, ayudará a obtener mejores resultados deportivos y además, entrenará a los chicos para la vida. Lo mismo ocurre con el esfuerzo, el compromiso, la capacidad de renunciar a satisfacciones inmediatas por obtener una a más largo plazo, reconocer las propias fortalezas y potenciarlas, así como reconocer las propias debilidades y trabajar para minorarlas. Hagamos que todos estos elementos formen parte también de la actividad deportiva de nuestros hijos. Sólo de esta manera conseguiremos entre todos que el deporte deje su huella positiva en nuestros jóvenes deportistas.

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