Temeroso y la calabaza

Temeroso y la calabaza

Hace muchos muchos años, en un lejano lugar, vivía un joven llamado Temeroso. Era un chico corriente, de mediana estatura y más bien flacucho. No llamaba mucho la atención salvo quizás por su extraña mirada, siempre huidiza, y su forma de caminar, con paso rápido, escondiéndose en cada portal, parándose de repente, volviendo la cabeza constantemente hacia los sonidos que llegaban a él desde todas partes y dando un respingo cada vez que un gato o cualquier otro animalillo se cruzaba en su camino.

Y es que si algo que tenía Temeroso era miedo. Mucho miedo. Miedo de todos y de todo. Miedo de hacer y de no hacer. Miedo de ser y miedo de no ser.

Eso no era vida para un muchacho y él se daba cuenta de ello. Un día, asustado de seguir así para siempre, decidió ir a visitar a un viejo brujo del que decían que poseía todo tipo de pócimas y encantamientos.

“Quizás el brujo pueda ayudarme a no tener tanto miedo” – pensó. Y puso rumbo a la casa del brujo. Nunca había caminado tan lejos y se sintió muy asustado. De repente, un conejo saltó de entre los matorrales. ¡Menudo sobresalto!

Cuando por fin llegó a la casa del brujo, se plantó ante su puerta sin atreverse a llamar. Quizás sería mejor volver a casa. Seguramente el brujo estaría descansando. Sintió miedo de molestarle y que se enfadara. Ya estaba a punto de dar la vuelta cuando la puerta se abrió. El brujo, desde el umbral, le hizo pasar. ¡Qué miedo daba aquella casa!

El brujo le entregó una maceta con una pequeña planta.

– “Plántala en tu jardín”- le dijo con una voz tan profunda que le heló la sangre al pobre Temeroso.

– “De la planta crecerá una calabaza”- continuó – “El último día del mes cocínala, haz con ella dulces y caramelos. Es lo único que necesitas”. Y el brujo cerró la puerta con un sonoro golpe.

Temeroso, al que aún le temblaban sus huesudas rodillas, salió corriendo de allí con la maceta en sus brazos. Y no paró de correr hasta llegar a casa.

¡Qué susto había pasado! Se detuvo un momento a mirar la planta. Parecía una planta corriente aunque había algo misterioso en ella que le daba pavor. Decidió plantarla en su jardín, no fuera a ser que el brujo se enfadara.

Esa noche sintió miedo, mucho miedo. Miedo de los ladridos de los perros, de la oscuridad, de la luz de la luna,… Se asomó a la ventana de su habitación y pudo ver cómo una pequeña calabaza comenzaba a brotar de su nueva planta, tal como le había asegurado el brujo.

Desde esa noche, la calabaza fue haciéndose más grande y lustrosa cada día. Temeroso se fijó en que cuanto más miedo sentía, más crecía su calabaza. Era como si, en lugar de agua y sol, sólo necesitara de sus miedos para alimentarse.

Llegó el último día del mes. ¡La calabaza estaba enorme! Y no era de extrañar, pues Temeroso había pasado el mes completamente aterrado.

Esa tarde, siguiendo las indicaciones del brujo, Temeroso cortó la calabaza, la vació y comenzó a hornear con ella deliciosos pastelillos. Pasteles de calabaza con piñones, almendras y miel, caramelos de calabaza y algunos bizcochos también.

Entusiasmado, Temeroso pasó la tarde en la cocina y pronto llegó la noche. Era una noche fría y oscura. La luz de la luna se colaba por las rendijas y en el aire flotaba el delicioso olor de los dulces de Temeroso.

Unos golpes en la puerta le sobresaltaron. No esperaba visita. Se acercó con sigilo hasta la entrada y pudo escuchar unos gruñidos terroríficos al otro lado. No sabía qué hacer. Estaba paralizado por el miedo. Los golpes se repitieron, esta vez aún más fuertes. Abrió. ¡Casi no podía creerlo! Cuatro pequeños esqueletos estaban ante su casa y con gritos espeluznantes le pedían algo de comer. Temeroso, muy asustado, sólo pudo atinar a darles algunos pastelillos de calabaza.

Los esqueletos se fueron muy contentos. Pero pronto volvieron a llamar a la puerta de Temeroso. Esta vez eran dos hombres-lobo, también hambrientos. El muchacho les entregó unos cuantos caramelos de calabaza.

La historia se repitió durante toda la noche. Por allí desfilaron duendes, fantasmas, vampiros y momias. Todos con hambre. Y a todos Temeroso les fue ofreciendo sus deliciosos dulces de calabaza. ¡Los últimos se los entregó al mismísimo conde Drácula!

Cansado de tanto ajetreo, Temeroso se sentó en una silla de la cocina. Los dulces se habían terminado y él tenía una sensación extraña, nueva para él: ¡no sentía ni pizca de miedo!

Había hecho crecer una calabaza alimentándola con sus temores. La había convertido en deliciosos dulces de calabaza. Y había repartido todas las golosinas entre los seres más monstruosos de la comarca. ¡Aterradores seres alimentándose de sus miedos!

El brujo tenía razón. Ahora, ya no le quedaba ningún temor.

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