La cinta transportadora

La cinta transportadora

Todo ocurrió en uno de esos interminables pasillos del Metro que conectan una línea con otra.

Tan sólo se trataba de un juego de niños, una carrera sin importancia para ver quién llegaba antes. El era un chico atlético y fuerte. Su contrincante, mucho más débil, no parecía suponer una preocupación para él.

Para igualar las opciones, dijeron, él correría por la cinta transportadora pero en sentido contrario mientras que su oponente lo haría por el suelo del pasillo.

Sus compañeros, entre risas, dieron la salida. Jaleaban y animaban a los chicos con gritos y aplausos.

El, a pesar de ir a contra corriente, en seguida tomó una gran ventaja. Se volvió para comprobar la diferencia que le separaba de su contrincante. Más que suficiente. Sus amigos, al fondo, saltaban y gritaban su nombre.

El era rápido y lo sabía. El más rápido de la pandilla. Había entrenado mucho para serlo. Su esfuerzo había merecido la pena. Levantó los brazos en señal de victoria, sonriendo, la satisfacción rebosando su cuerpo. Parecía flotar en su propia autocomplacencia. Apenas escuchaba más que el eco de su propio nombre coreado por sus seguidores a lo lejos.

Y entonces, sin esperarlo, su rival le devolvió bruscamente a la realidad. La distancia entre ellos se había ido reduciendo considerablemente y ahora incluso había conseguido sobrepasarle un par de metros. ¿Cómo había sucedido? ¿Cómo había podido correr tanto en esos pocos segundos?

El tan sólo se había detenido por un momento a disfrutar de su asegurada victoria. Pero la cinta transportadora había realizado el trabajo sucio. Si te paras, no sólo no avanzas sino que vas hacia atrás.

Una metáfora de su propia vida, pensó. Todo el esfuerzo, todas las horas de entrenamiento, no servirían para nada si en lugar de seguir trabajando se limitaba a vivir de las rentas. Ser reconocido y halagado como el más rápido de la pandilla no le ayudaría en su sueño de ser un atleta profesional.

Apretó los dientes y corrió con todas sus fuerzas.

Ganó, sí. Pero esta vez, en lugar de mofarse de aquel chico endeble como solía hacer con todos a los que conseguía batir, le abrazó. Un abrazo de respeto y cariño sincero. Gracias – le dijo – me has dado una buena lección.

Gracias a ti – le contestó su adversario – me has ayudado a superar mi propio récord.

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