El verdadero origen del Arco Iris

El verdadero origen del Arco Iris

Hace muchos, muchos años, existió una pequeña ciudad en la que todos sus habitantes eran felices. No importaba que hiciera frío o calor, que lloviera o saliera el sol. Daba igual que estuvieran trabajando, estudiando o en su tiempo de ocio. En todo momento, en cualquier situación, los habitantes de aquel lugar sonreían, eran amables y bondadosos, estaban alegres, siempre buscaban hacer el bien a los demás y se divertían. Cada vez que alguno de ellos hacía una buena obra, decía algo agradable o simplemente reía, a su paso brotaban unas extrañas flores hechas de oro y piedras preciosas, que iluminaban la ciudad con su maravilloso colorido.

Tanta era la felicidad que allí se concentraba que los reflejos de colores de esas flores preciosas iluminaban el cielo y sus destellos se veían desde muchos kilómetros a la redonda.

Más allá de las montañas vivía un viejo brujo avaro y malicioso. Al enterarse del origen de aquellas luces de colores que se veían a lo lejos, el brujo no dudó en dirigirse a la ciudad con la intención de conseguir ese tesoro.

Una vez allí, lo primero que hizo fue intentar arrancar las flores pero resultó imposible. Las flores parecían estar pegadas a la tierra de tal manera que ni con herramientas ni con hechizos fue capaz de lograrlo. Después probó a cortar sus tallos pero tampoco lo consiguió. Esos tallos eran fuertes como troncos de roble y no descubrió manera de troncharlos.

El brujo comenzó a desesperarse pero no se dio por vencido. Un día, mientras caminaba malhumorado pensando en la manera de conseguir el tesoro, se cruzó con una niña que jugaba con su muñeca preferida. El mago, en un arrebato de rabia, comenzó a gritar a la niña, le quitó la muñeca de las manos, la rompió, la arrojó al suelo y la pisoteó dejándola totalmente destrozada. La niña, que nunca había vivido una situación semejante, comenzó a experimentar una sensación nueva para ella, extraña, desagradable. Tenía miedo. Noto cómo sus labios temblaban, su cara enrojecía y unas gotas de agua salada comenzaban a brotar de sus ojos.

En ese instante, la última flor de oro y piedras preciosas que había crecido junto a la niña perdió su brillo. El mago comprobó que el tallo de esa flor se había vuelto quebradizo y con un simple movimiento de su mano consiguió arrancarla.
La niña comenzó a correr hacia su casa y a su paso, algunas de las flores del camino iban apagándose. El brujo, con una sonrisa maliciosa dibujada en su cara, la siguió recogiendo las valiosas flores.

Así fue como el avaricioso descubrió la manera de hacerse con el oro y las piedras preciosas del lugar. Poco a poco fue esparciendo por la ciudad el miedo, la envidia, la tristeza, la rabia,… A medida que los habitantes centraban su atención en el lado negativo de las cosas, dejando que les invadieran estas emociones, empezaban a descuidar su felicidad. Y de esta manera, dejaban que las flores perdieran su viveza y se volvieran frágiles. El brujo fue robando poco a poco todas las flores, mientras los hombres, mujeres y niños de la ciudad eran día a día menos felices. Los gritos, los llantos, las lamentaciones y las peleas eran ahora cada vez más comunes.

El viejo codicioso disfrutaba con el sufrimiento de los demás, ya que con ello su fortuna aumentaba. Ya no había en el cielo destellos de colores, pues el mago se había encargado de envenenar los sentimientos de todos aquellos que se atrevían a ser felices.

El malvado brujo había ocultado su tesoro en una cueva y allí pasaba horas y horas disfrutando de la belleza de las piedras preciosas que componían la flores arrancadas y de la pureza de su oro.

Así estaba una soleada mañana, admirando su riqueza en la cueva, cuando comenzó a llover. El ruido de las gotas de agua sobre la tierra le hizo asomarse a la entrada, pero lo que vio desde allí le produjo un pellizco en el estómago. A lo lejos se veían nítidamente varios destellos de colores que se alzaban hacia las nubes. ¿Cómo era eso posible? ¡Todas las flores preciosas estaban en su poder!

Sin perder tiempo se encaminó en dirección a los haces de colores. Al llegar descubrió que el causante de aquel espectáculo no era más que un niño que jugaba y reía bajo la lluvia. Con sus risas brotaban del suelo más y más flores, a cada cual más bella. Flores de diamantes, rubíes y esmeraldas engarzadas en el oro más puro. Flores de siete colores que alzaban sus brillos hacia el cielo formando un bello arco de colores.

El brujo intentó asustar al niño pero éste tan sólo le sonrió y siguió jugando. Probó entonces el viejo a envenenar su corazón con la envidia, pero el niño no le hizo caso. Probó con la tristeza, pero tan sólo consiguió que el niño riera aún más fuerte. A medida que el brujo veía frustrados sus intentos de que el niño abandonara su felicidad, se esforzaba más y más en conseguirlo, de manera que comenzó a descuidar su influjo sobre el resto de los habitantes de la ciudad. Y así, como si fueran despertando de una oscura pesadilla, los hombres, mujeres y niños del lugar comenzaron a disfrutar de pequeños momentos de felicidad. Y las flores que se amontonaban en la cueva del brujo comenzaron a volar hacia los lugares de los que habían sido arrancadas. Al descubrirlo, el viejo avaricioso enfocó toda su energía en su propia desgracia y cayó muy enfermo.

El niño feliz, que era bueno y bondadoso, acompañó al brujo a su cueva y allí le cuidó.

Dicen que el brujo sobrevivió y que aún sigue vagando por ahí, tratando de robar la felicidad a las personas. Y dicen que el niño creció siendo feliz y aún se dedica a llevar la felicidad a todos los pueblos de la tierra. Y que cada vez que consigue hacer feliz a alguien, siete flores preciosas brotan y elevan sus destellos de colores hacia las nubes para que todos seamos testigos de la belleza de la felicidad y poder así esparcirla a través de las gotas de lluvia. ¿Acaso no tiene el arco iris el poder de dibujar una sonrisa en la cara de todo aquel que lo mira?

Así es que ya sabes, la próxima vez que veas un arco iris, acuérdate de esta historia y de lo importante que es no descuidar tu felicidad, no vaya a ser que el brujo malvado ande cerca.

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