Yo quisiera...

Yo quisiera...

Yo quisiera…quisiera que las cosas cambiaran, que fueran diferentes. Quisiera que los demás entendieran que ese no es el camino, que hicieran las cosas como se tienen que hacer. Se equivocan. ¿Cómo es que no lo ven? ¡Está tan claro! Si yo pudiera, si pudiera…pero no puedo. No puedo. Y me siento atado, amordazado, espectador obligado de esta película que me produce dolor y rechazo. Y sólo pienso en correr, salir huyendo de esta situación que me desgarra por dentro. No puedo hacer nada. Tan sólo escapar. Mi cabeza hierve y mis pensamientos se agolpan en mi pecho aprisionándome, ahogándome. Siento como si me encontrara dentro de un estrecho túnel, oscuro y agobiante. Mi visión se ha reducido a un pequeño foco pero aún así consigo ver todos esos pequeños detalles que confirman mis pensamientos. No necesito ver más. No hay nada más. No puedo hacer nada.

Una extraña pregunta cruza mi mente como una leve brisa, casi imperceptible, sin hacer apenas ruido: ¿Nada?

Esa pregunta bloquea mi mente por un segundo. Respiro hondo. En realidad tengo al menos dos opciones, salir corriendo o quedarme quieto. ¿Qué quiero hacer?

No sé por qué empiezo a notar que mi pulso se va calmando. Ya no me siento como un muñeco zarandeado por un niño caprichoso. Ahora vuelvo a coger mis propias riendas, vuelvo a sentir el control. Aún no sé qué hacer, pero al menos sé que hay algo que puedo hacer.

Supongamos por un momento que llegara de nuevas a este escenario, que no hubiera sufrido cómo los demás tomaban decisiones erróneas. ¿Me quedaría aquí? ¿Hay algo de lo que veo que me llama la atención? ¿Encajo en este proyecto? ¿Hay cabida para mi propio proyecto en este contexto? ¿Cuál es mi proyecto? ¿Qué es lo que yo quiero conseguir? ¿Estoy dispuesto a hacer el esfuerzo necesario para alcanzarlo?

Necesito poner mis ideas en orden, quizás escribirlas. Posiblemente me ayudaría empezar por definir claramente lo que quiero. A veces resulta fácil identificar lo que no queremos en nuestra vida pero nos cuesta mucho tener una imagen nítida de lo que sí queremos en ella. Ese es el primer paso. Después vendrá el momento de decidir dónde lo quiero. ¿Aquí? ¿O en otro lugar?

Pero ya no necesito salir huyendo. Si finalmente decido que mi próxima etapa está en otro paisaje, me iré sonriendo, con paso firme y seguro. Me iré sin rencor. Agradecido por los buenos momentos y, seguramente, con nostalgia de los no tan buenos. Sentiré temor al alejarme, pero también ese cosquilleo que producen los nuevos retos.

Y si decido quedarme, será porque he encontrado la manera de desarrollar mi propio proyecto en este entorno hostil. Será porque soy capaz de ver más allá de los oscuros bordes del estrecho foco que tenía ante mis ojos. Será porque pienso que los demás tienen las mismas dudas que yo y que al final toman sus propias decisiones movidos por el miedo o por sus propios objetivos o porque no saben hacerlo de otra manera, pero no por maldad. Será porque aún creo en este proyecto global, o porque al menos, quiero darme un tiempo para intentarlo.

¿Soy más cobarde si me quedo que si me voy? A veces la cobardía está en quedarse pero otras lo fácil es salir corriendo. En cualquier caso, ¿quién soy yo para juzgarlo? Y sobre todo, ¿para qué?

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