Tarde de partido

Es viernes por la tarde y toca partido. Un grupo de niños bien uniformados rodea a su entrenador. Atentos a sus indicaciones, sus caras reflejan la emoción de la competición que va a comenzar y las ganas de disfrutar con su deporte favorito.

En el campo, un jovencísimo árbitro se prepara para el encuentro. Distraído, juguetea con un balón, esperando que llegue el momento de pitar.
Las gradas están a rebosar. Un grupo de padres y madres soportan estoicamente los cuatro grados centígrados de temperatura, ente bromas y chascarrillos, mientras un abuelo guarda celosamente las torrijas que ha preparado para compartirlas al acabar el encuentro con todos los compañeros del equipo de su nieto.

Comienza el partido. Los niños corren detrás del balón. Su entrenador, desde la banda, les da indicaciones y les refuerza constantemente sus buenas acciones independientemente del resultado. Los padres hacen lo mismo desde las gradas. Animan, aplauden, sin crearles una presión excesiva, disfrutando del partido.

Al terminar el encuentro, los jugadores corren felices junto a su entrenador. De manera más o menos ordenada regresan al vestuario, recogen sus cosas, y uno a uno van saliendo para abrazar a sus padres. Están contentos. Mirando sus caras no sabría decir cuál ha sido el resultado pero estoy convencida de que han disfrutado de la experiencia junto a sus compañeros y que hoy se van a sus casas siendo mejores deportistas.

Escenas como ésta se ven cada fin de semana en los campos de fútbol de cualquier ciudad. Padres respetuosos que aprovechan la oportunidad que les brinda el deporte para compartir buenos momentos con sus hijos, que reconocen la labor formativa del entrenador y le agradecen su dedicación y el cariño con el que les trata.

Cualquier club se sentiría orgulloso de que este episodio se vistiera con sus colores.

Pero por desgracia, junto a estas imágenes, también se cuelan las de los padres y madres que gritan a sus hijos desde la grada indicándoles a quién tienen que pasar o si deben tirar a puerta o no. Las de los insultos al árbitro cuando éste ha tomado alguna decisión que perjudica al equipo. Las de los niños avergonzados por el comportamiento de sus padres (“papá, cállate que me distraes”) o las de los que miran a la grada antes de tocar el balón o mientras protestan las decisiones del árbitro, esperando su aprobación.

He asistido a muchos partidos y he visto lo uno y lo otro. Y la sensación que me llevo siempre es que los niños que juegan sus partidos en estos segundos escenarios no disfrutan. Se quedan sólo con el resultado, pero incluso habiendo ganado su cara no refleja satisfacción. No juegan para ellos sino para no decepcionar a sus familias. Viven el deporte en un ambiente de tensión y malestar que no beneficia a nadie. Estos padres y madres, aún habiendo descargado adrenalina en forma de agresiones verbales (y a veces incluso físicas) no se marchan relajados y contentos sino frustrados y de mal humor. Y sus hijos, ¿qué se llevan de esta experiencia? ¿qué les está aportando el deporte?

No dejemos que los insultos, las amenazas y las agresiones se conviertan en el escenario habitual donde nuestros hijos practican deporte.

Clubes, entrenadores, árbitros, jugadores y familias formamos parte de un mismo equipo. Todos debemos poner de nuestra parte para que los valores que se le presuponen al deporte de verdad se reflejen en los campos.

El deporte es un fantástico medio para la educación de nuestros hijos. Contribuyamos con nuestro ejemplo a que efectivamente sea así.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies