La habitación del espejo

La habitación del espejo

Había mantenido la puerta cerrada durante unos días, pero sabía que había llegado el momento de hacerle frente al monstruo que allí habitaba. Aunque había procurado mantenerse alejado de la habitación, los ruidos que provenían del interior habían conseguido inquietarle. Era como si algo estuviera creciendo, multiplicándose tras esa puerta que a cada instante parecía un poco más débil, casi a punto de resquebrajarse.

Inquieto, se paseó ante la puerta, pasillo arriba pasillo abajo, frotándose las manos. Suspiró hondo y apoyó con timidez una de las palmas en el picaporte. Las piernas le temblaban ligeramente y comenzó a sentir mucho calor. Notó que el corazón le latía más deprisa, como si quisiera salir galopando en la dirección opuesta. Su mano comenzó a sudar sobre el picaporte. “Debes enfrentarte a tus miedos”. Las palabras que había leído recientemente en uno de esos mensajes que circulaban por internet se aferraban ahora a su mente. ¡Maldita la hora en la que había decidido abrirse una de esas cuentas en las redes! “Si no estás en las redes no estás en el mundo” le habían dicho. Y ahora se encontraba preso de los mensajes motivadores y las fotos románticas con frases positivas que circulaban constantemente por ese otro mundo paralelo.

Pero seguramente en esta ocasión llevaban razón. Era el momento de abrir y luchar contra aquella alimaña que se escondía desde hacía tiempo en la habitación. Como si fuera a zambullirse en el mar, llenó sus pulmones de aire, cerró los ojos y, aguantando la respiración, giró la manilla.

La escena que descubrió era caótica. Una enorme cantidad de trastos se amontonaban desordenados por la habitación. Un amasijo interminable de objetos, tan reliados unos con otros que apenas se distinguían entre sí. Parecían retorcerse como un puñado de serpientes, entremetiéndose y anudándose, imposible diferenciar el principio del fin.

Se llevó las manos a la cara, tratando de encontrar consuelo en el calor de su propio aliento. Las deslizó suavemente subiendo hacia la frente, acariciando después su rizado cabello, y recorriendo toda su cabeza hasta terminar bajando hacia la nuca y agarrando sus orejas. Era un gesto inconsciente. Solía hacerlo cuando las situaciones parecían superarle o cuando se encontraba en un callejón sin salida. En este caso, el gesto estaba completamente justificado.

El espejo le miraba expectante, agarrado a sus orejas y con la cabeza gacha. Al verle en esa postura ridícula, una leve sonrisa se dibujó en su cara, se soltó de orejas y se enderezó. Sus ojos recorrieron de nuevo la habitación . Le faltaba el aire. Tenía que hacer algo pero ¿qué? ¿cómo? Su cabeza estaba a punto de estallar.

“¿Qué quieres hacer?”- le preguntó el espejo. Calló un rato y pensó, buscando alguna respuesta. El espejo esperaba paciente. “Bueno, me gustaría que todo estuviera bien ordenado”- contestó finalmente. “¿Qué es para ti bien ordenado?”- le replicó el espejo. Una amplia sonrisa se dibujó en su cara. “Por colores. Sí señor, ordenado por colores, como en esas revistas de muebles finlandeses en las que todo está limpio y ordenado por colores”. “Ajá, por colores”- repitió el espejo. Se hizo un breve silencio y él imaginó aquella horrible habitación ordenada por colores, las repugnantes serpientes enrolladas y metidas en cajas. “¿Recuerdas alguna ocasión en la que ordenaras algo de esa manera?”. El espejo seguía preguntando. Ya no tenía esa postura ridícula y su rostro reflejaba algo más de serenidad. “Oh, sí, claro. recuerdo una vez que ordené los botes de la despensa. Por colores, sí, quedó fantástico. Bueno, en realidad, antes de por colores separé los botes por fecha de caducidad. Y luego sí, por colores”. “¿Qué criterio podrías utilizar en este caso?” El espejo le hizo, por un momento, imaginar aquella cloaca ordenada por colores. Y…sí, en cajas, eso era, en cajas como los botes de la despensa, por fechas de caducidad.

Sin saber muy bien cómo, se puso manos a la obra. Buscó unas cajas de cartón y comenzó a meter en ellas todo el revuelto que había en la habitación. En una, lo que caducaba pronto, en otra, lo que estaba en ebullición y parecía a punto de explotar. Una caja más con todo lo que picaba. Otra con lo más valioso, envolviendo en un paño lo que además era frágil. Y así fue metiendo cosa tras cosa, cada una en su caja, hasta que sólo quedaba en el centro de la habitación aquel horrible monstruo viscoso y escurridizo, imposible de atrapar.

“¡Enhorabuena!”- le sorprendió el espejo. “Has hecho grandes avances. ¿Qué más quieres hacer?” Lo cierto es que la habitación ya no parecía la misma y lo había hecho él. Sí, él solo. ¿Que qué quería hacer? Pues por querer, quería atrapar al monstruo y meterlo en una caja. Pero…

“¿Cómo te estás impidiendo hacerlo?” Este espejo decía unas cosas muy raras, pensó. ¿Cómo me estoy…? ¿Soy yo? Pues en realidad, si lo pensaba bien, sí. No había nada ni nadie que le impidiera atraparlo. Eran sus propios miedos los que le paralizaban. Echó de nuevo un vistazo a la habitación. Las cajas estaban bien ordenadas. Ya no había madejas de lana anudándolo todo. Y lo había conseguido él.

El monstruo resoplaba babeante y sus gruñidos le helaban la sangre. Pero estaba decidido a atraparlo. Pensó un plan. Le distraería para que caminara hacia la esquina y allí lo acorralaría hasta meterlo en una gran caja de madera de la que no pudiera escapar. Y así lo hizo. El monstruo, al verse atrapado, comenzó a cambiar el aspecto de su piel. Ya no era viscoso y resbaladizo sino que parecía estar hecho de pequeñas piezas de plástico, como esas que utilizan los niños para hacer construcciones. Ahora, pensó, podría descomponer al monstruo en diferentes bloques y repartirlos en sus cajas correspondientes. ¡Por colores! De esta manera, de un simple vistazo sabría qué caja debería coger para empezar a trabajar.

Satisfecho, miró la habitación. Ahora todo estaba ordenado. Cada caja, de un color diferente, contenía aquellos temas que antes deambulaban dando tumbos por su mente. Pensamientos que ocupaban espacio, enredándose unos con otros. Tareas y preocupaciones pendientes que no sabía cómo atacar. Y, sobre todo, aquel problema que por no querer enfrentar había dejado crecer hasta convertirse en un monstruo indeseable, estaba ahora dividido en pequeños asuntos asumibles, listos para ser resueltos uno a uno.

Sentía una inmensa alegría y quiso abrazar al espejo. Pero en aquella ordenada habitación ya no había ningún espejo. Sólo él y sus pensamientos.

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