Adivinos del pensamiento

Adivinos del pensamiento

Como cada sábado por la tarde, él la recogió con su coche en la puerta de casa. Lo cierto es que, aunque le encantaba estar con ella, no dejaba de pensar en el partido de fútbol que se jugaría esa noche. ¡Nada menos que la final… y él se lo iba a perder!. Pero se había comprometido a llevarla al cine. Y él era un hombre de palabra.

Ella se subió contenta al coche y le besó. Había tenido un mal día en el trabajo pero estar con él lo arreglaría todo. Sin embargo, algo le hizo ponerse en guardia. “No me ha dicho nada de mi nuevo conjunto” -pensó – “¿Será que no le gusta cómo voy?” Con disimulo, sacó un espejito de su bolso y se miró. “Pues voy estupenda” -se dijo a sí misma. Se había pasado la tarde eligiendo qué ponerse. El siempre le había halagado el buen gusto y ella disfrutaba combinando sus prendas y complementos. Que no le hubiera dicho nada le irritaba un poco, aunque decidió pasarlo por alto.

– “¿A qué hora es la película?” – le preguntó con su mejor sonrisa.

– “¿Cómo?” – respondió él despistado, como ausente. En su móvil se iluminó un mensaje. Sus amigos habían quedado para ver el partido y le invitaban a unirse al grupo. El miró de reojo el móvil y frunció el ceño. Le apetecía mucho ver el partido pero ¿cómo se lo tomaría ella? Seguramente se enfadaría. Mejor no decir nada. Lo había dejado grabando, así es que ya lo vería. Claro, ver un partido grabado nunca es lo mismo pero ella se lo merecía todo.

“¿Quién le habrá mandado el mensaje?”- cavilaba ella- “Ni siquiera me ha escuchado. Cuando ayer hablamos por teléfono estaba muy cariñoso, como siempre, pero hoy…definitivamente está raro. Apenas ha hablado desde que me he subido al coche. Y ahora que lo pienso, había algo extraño en su beso, como distante.”

“Quizás podría proponerle que nos fuéramos juntos a ver el partido con los chicos. Sería divertido. Ella ya los conoce y a ellos no creo que les importara. Después podríamos ir a cenar los dos solos. Podría ser un buen plan. Creo que se lo preguntaré. La verdad es que no tengo nada que perder.”

Ella le miró. Parecía absorto en sus pensamientos. “Ese mensaje del móvil…¿será que hay otra? A lo mejor ha quedado con ella y lo que quiere es cortar conmigo. Claro, por eso está tan callado. Será cobarde… No para de mirar el móvil, como si estuviera deseando contestar. Pues se va a enterar.”

Mientras rumiaba sus pensamientos, ella notó cómo los sentimientos de rabia y de odio se iban apoderando de su cuerpo. Casi inconscientemente apretó los puños. Recordó un desengaño amoroso de años atrás y decidió que no estaba dispuesta a que la historia se repitiera.

– “¿Tienes algo que decirme?” – le preguntó dulcemente, intentando aparentar tranquilidad.

El sonrió aliviado – “Sí, ¿cómo lo has sabido?” – Su novia era estupenda. Seguro que no le importaría que fueran a ver el partido.

¡Y encima sonríe! ¡Será descarado! – Su corazón comenzó a latir con fuerza, como si quisiera salir corriendo de allí. Le faltaba el aire. Ahora estaba claro. Pero no, no le iba a dar la satisfacción de que la dejara por otra. No, al menos sería ella la que daría el primer paso.

– “Pues antes tengo que decirte algo yo: ¡Podéis iros al infierno tú y tu amiga porque soy yo la que te dejo!”

Y diciendo esto, abrió la puerta del coche y se bajó dando un fuerte portazo.

A menudo olvidamos que no somos el centro del universo y, por tanto, los pensamientos o sentimientos de los demás no siempre están relacionados con nosotros. Y si lo están, al menos no tienen por qué coincidir con la primera interpretación que les damos.

Estos sentimientos nos pueden llevar a realizar comportamientos que poco o nada tienen que ver con la situación real y de los que luego nos arrepintamos.
Ser conscientes de ello nos permitirá tomar la distancia adecuada para poder comunicarnos, reflejando la situación, preguntando directamente a la otra persona qué está pensando o sintiendo y explicando nuestros propios pensamientos y sentimientos. O, al menos, para buscar nuevas interpretaciones que nos generen otro tipo de emociones alternativas y, por tanto, nos hagan actuar de manera diferente.

¿Cuántas veces jugamos a ser adivinos del pensamiento?

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