Un día en la playa

Un día en la playa

Doña Lola era una mujer de playa. Sabía como nadie encontrar un hueco en la arena donde colocar su toalla y la de sus cinco hijos, la sombrilla, la cesta de mimbre con los bocadillos, la bolsa nevera repleta de refrescos, las gafas de bucear y las aletas de los pequeños, la tabla de surf de la mayor y una bolsa misteriosa de la que siempre que había algún percance salía el remedio perfecto, ya fuera la pomada para las picaduras de medusa o la ropa de cambio para alguno de los niños, además claro está de las cremas de sol y el aftersun. Doña Lola era, sin duda, toda una experta en el arte de veranear en la playa.
Esa mañana decidieron pasar el día en una playa diferente. Habían oído hablar maravillas de las playas de Cádiz y pusieron rumbo a Tarifa. Unas horas en coche bien merecerían la pena.

Al llegar, la postal no deslucía en nada el paisaje que le habían pintado a Doña Lola. Ante sus ojos se extendía una playa increíblemente extensa de arena fina y aguas cristalinas.

Algunos madrugadores ya habían colocado sus sombrillas estratégicamente pero Doña Lola encontró fácilmente un hueco perfecto en primera línea. Colocó la sombrilla, extendió las toallas y situó las bolsas a la sombra. Los niños salieron corriendo hacia la orilla.

Pasaron una mañana fabulosa. Después de comer, Doña Lola sacó de su mágica bolsa una cometa para que los niños disfrutaran haciéndola volar.

Hacia las seis de la tarde, una ola se acercó curiosa a la sombrilla de Doña Lola. Ella apartó un poco las toallas para que no se mojaran. Pero la ola volvió a acercarse insistente. Doña Lola trasladó todo su equipaje un metro más atrás. Pero una tercera ola volvió a asomarse. Y Doña Lola apartó de nuevo las toallas.
Una sombrilla más atrás se encontraba un lugareño con su familia. Se acercó a Doña Lola y sonriendo entre dientes le dijo: “Señora, metro a metro llega usted hasta el parking. Allí me voy yo.”

Doña Lola miró en dirección al parking. ¡Estaba lejísimos! Un gracioso, pensó. Ella estaba harta de pasar tardes en la playa y tan sólo había que apartar un poco la toallas. En seguida dejaría de subir la marea.

Efectivamente, el señor de la sombrilla vecina recogió sus bártulos y se puso a caminar en dirección al parking. “Se irá a casa” – pensó Doña Lola. Pero mientras se alejaba, se volvió hacia ella para gritarle: “Hasta las ocho menos diez está subiendo la marea. Tiene dos horas para llegar al parking.”

Doña Lola se sintió molesta. ¿Le estaba tomando el pelo? ¿A qué venía esa exactitud horaria? ¿Acaso la habían confundido con una principiante? ¡Menuda tontería! ¡Cómo iba a llegar el agua hasta el parking! ¡Pues no estaba lejos!
En ese momento, un ola se abalanzó sobre las toallas de Doña Lola, dejándolas completamente empapadas. Sus hijos se acercaron divertidos y entre todos movieron todo aquel equipaje unos metros más atrás. Volvieron a colocar la sombrilla, extender las toallas, y….¡Las chanclas! ¡Una nueva ola se quería llevar las chanclas!

De nuevo, trasladaron todo unos metros más atrás. Los niños, entre risas, se pusieron a construir una barrera de arena para evitar que el agua volviera a acercarse a las toallas.

Pero el agua, insistente, destruyó la barrera y volvió a empapar las toallas. Doña Lola no entendía nada. Esto era nuevo para ella. ¿Cómo era posible que el agua avanzara tan rápido?

Pronto, la extensa playa de la mañana se convirtió en un inmenso lago. Doña Lola arrastraba sus pertenencias más y más atrás, en dirección al parking buscando una zona segura, pero una y otra vez el agua le alcanzaba.

Por fin parecía que las olas dejaban de avanzar. Miró la hora: las ocho menos diez. Echó un vistazo a su alrededor. El paisaje parecía sacado de una película surrealista. El sol se estaba poniendo y aportaba al espectáculo luces doradas y sombras. Algunas siluetas parecían vagar por la playa cubierta de charcos arrastrando sus pertenencias, los niños corrían solos, chapoteando, y a lo lejos un perro correteaba feliz. Una belleza extraña que mantenía a Doña Lola ensimismada, cuando una voz conocida le devolvió a la realidad: “¿No se lo dije señora? ¡Ya está usted al lado del parking!”

Doña Lola no podía creerlo, pero allí estaba. Era él, el mismo que hacía dos horas le había advertido de lo que iba a pasar. ¿Por qué no le haría caso? Ahora tendría las toallas secas y no se habría pasado dos horas trasladando bártulos de un lado para otro de la playa. Le dolían los brazos y la espalda. Doña Lola le sonrió amablemente: “Tenía usted razón, caballero”.

De vuelta a casa, mientras conducía, miró por el espejo retrovisor a sus hijos. Pensó en la cantidad de veces que ella les había advertido de cosas que iban a pasar y que sin embargo ellos habían preferido no hacerle caso y experimentarlas por ellos mismos, arrepintiéndose después.

En ocasiones resultaba difícil aconsejar a los hijos. Parecía que la tendencia natural era la de ignorar a quien ofrece soluciones. Quizás – pensó – haya alguna otra forma de hacerles anticipar los posibles inconvenientes, dejándoles libertad para decidir. ¿A través de preguntas?

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