Si no sabes, pregunta

Si no sabes, pregunta

“No sé qué le pasa a mi Josete. Ultimamente le noto triste. Claro, en el último partido apenas jugó. ¡Con lo que se ha esforzado en los entrenamientos! Si ya lo sabía yo; este entrenador le tiene manía. Porque él se esfuerza. ¡Adora el baloncesto! Pero lo que tiene que hacer es seguir esforzándose más. Cuando trabajas duro al final consigues resultados. A mí me pasó lo mismo cuando jugaba con el equipo universitario. Hablaré con él. Se lo diré.”

La comunicación entre padres e hijos siempre es complicada. Muchos padres me comentan que tratan de acercarse a sus hijos (especialmente a los adolescentes) y no consiguen más que rechazo, silencio y malas caras. ¿Qué está pasando?

Como padres, pensamos que conocemos perfectamente a nuestros hijos. Sabemos cuándo están tristes o alegres e incluso sabemos exactamente lo que les pasa por la cabeza. ¿Ser padres nos convierte en adivinos? Ah, claro, es que hemos pasado por lo mismo. ¿Seguro? ¿Hemos pasado exactamente por lo mismo? No. Como mucho hemos pasado por una situación similar. Pero cada uno de nosotros somos diferentes y por tanto vivimos la realidad de manera diferente.

De acuerdo, no hemos pasado por lo mismo pero conocemos a nuestros hijos y sabemos lo que están sintiendo. ¿De verdad? ¿Sabemos distinguir claramente la tristeza del enfado, o de la frustración, o del estrés o la presión?

Quizás no sepamos lo que sienten ni lo que les pasa por la cabeza pero, eso sí, siempre tenemos un buen consejo preparado para regalárselo (con la mejor de nuestras intenciones). ¿Y nos extraña que nuestro hijo nos responda con un bufido la mejor de las veces?

Algo no va bien con Josete, eso está claro. Y cuando nuestros hijos lo pasan mal, nosotros lo pasamos peor. Por eso, como si se tratara de un juguete roto, tratamos de arreglarlo, de recomponerlo de la mejor manera posible. Y ahí está el problema. Nos centramos en buscar la solución, en poner el parche sin saber dónde está el pinchazo o si es un pinchazo o simplemente se ha desinflado un poco el balón.

A través del coaching, los padres pueden encontrar una nueva manera de comunicarse con sus hijos, mediante las preguntas. No se trata de someterlos a un interrogatorio sino de interesarse verdaderamente por lo que están sintiendo, por lo que les está pasando. Sin juzgar, sin interpretar, estando abiertos a descubrir, sin basarnos en nuestras propias experiencias.

– Josete, últimamente te noto más callado, ¿qué te ocurre?

– Nada, cosas mías.

– (silencio) Me gustaría poder ayudarte. ¿Qué puedo hacer?

– Nada, tú no lo entiendes.

– No, claro. ¿Podrías ayudarme a entenderlo?

– (silencio)

– ¿cómo te sientes?

– Pues mal. Estoy agobiado.

– Estás agobiado.

– Sí, estoy agobiado. Tengo un montón de cosas en la cabeza. ¡Y encima perdimos el último partido! Me siento fatal. Soy muy malo. Fallé una canasta.

– Te comprendo. Tienes muchas cosas en la cabeza y además perdisteis el último partido. Y eso te hace sentir mal.

– Sí, soy muy malo.

– ¿Qué te hace pensar que eres muy malo?

– ¡Pues que perdimos!

– Ya. ¿Cuántos jugabais en el partido?

– Pues con los cambios y eso, jugamos ocho.

– ¿Quién más jugaba?

– Bueno, claro, también jugaban los del otro equipo.

– Es decir, que jugasteis ocho jugadores de tu equipo pero también jugaban los del equipo contrario. Y perdisteis. Y por eso ERES malo.

– Bueno, claro, visto así…¡Pero yo fallé la canasta!

– Lo sé. Fallaste la canasta. ¿Cómo te ayuda a ti pensar que eres malo?

– Pues no me ayuda, no sé.

– Cuando nos aferramos a una idea es porque normalmente encontramos un beneficio en ella. ¿Cómo te ayuda a ti la idea de que eres malo?

– (silencio) Supongo que si soy malo es normal que falle. Me agobio menos.

– Entiendo. ¿Qué harás en el próximo partido con este pensamiento?

– Supongo que seguiré fallando.

– ¿Y cómo te sentirás?

– Peor. Yo no quiero fallar. Quiero jugar bien.

– Por lo que me dices, lo que quieres es jugar bien.

– Si. Quiero jugar bien.

– ¿Qué puedes hacer tú para jugar bien?

– Bueno, no sé. Me esforzaré al máximo en los entrenamientos. Y también puedo practicar los tiros en el colegio, durante el recreo.

– ¿Qué porcentaje de canastas meterás de todas las que tires?

– ¡No lo sé!¡No puedo meter todas! ¡Ni siquiera los jugadores profesionales meten todas!

– Ah, entonces me estás diciendo que el error forma parte del juego, que incluso los que son muy buenos también fallan canastas, ¿es así?

– Sí, es así. ¡Gracias papá! Me has ayudado mucho.

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