Yo te cuidaré

Yo te cuidaré

Laura era un bebé fuerte, sano, un bebé como cualquier otro y, sin embargo, su vida iba a ser muy diferente. Su padre había muerto a los pocos días de su nacimiento y su madre, muy afectada por esta pérdida, cogiéndola fuerte entre sus brazos le prometió: “No te preocupes, yo te cuidaré. No dejaré que nunca te falte de nada ni sufras lo más mínimo.”

Laura fue creciendo como un hermoso bebé, siempre bien alimentada y limpia. Su madre pasaba horas jugando con ella y atendiendo todas sus necesidades. Se querían muchísimo y las dos disfrutaban estando juntas.

Los meses fueron pasando y Laura comenzó a sentir la necesidad de explorar el mundo. Su madre, por miedo a que pudiera hacerse daño, la llevaba en brazos a todas partes, enseñándole esto y aquello. Laura fue poco a poco haciéndose más pesada pero su madre cargaba con ella de un lado a otro, siempre con una sonrisa. No podía dejar que su hija se lastimara. Si la pusiera de pie, seguramente tropezaría y caería. Y eso no es lo que quería para su hija. “Ya aprenderá a andar cuando sea más fuerte”, se dijo la madre. Y continuó con su tarea de llevarla a cuestas de un sitio para otro.

Aunque ya no era un bebé, su madre siguió dándole de comer, bañándola, vistiéndola y cuidándola como tal. Ella disfrutaba cuidando de Laura y, mientras pudiera, no dejaría que le faltara de nada.

Pero al no intentar caminar nunca, las piernas de Laura no se hicieron más fuertes sino que fueron debilitándose día a día. Y cuando su madre sintió que ya pesaba demasiado para poder llevarla en brazos, le compró una preciosa silla de ruedas.

Laura era feliz en su silla. Su madre la llevaba de acá para allá sin tener que hacer ningún esfuerzo. A veces veía por la calle a otros niños que corrían, tropezaban y lloraban de dolor con sus piernas llenas de arañazos y moratones. Laura miraba entonces sus piernas, sin un solo rasguño, y se preguntaba qué clase de madres eran aquellas que dejaban a sus hijos caer y golpearse.

“¡Más deprisa!” – decía Laura. Y su madre empujaba la silla con todas sus fuerzas.

La hora de la comida también preocupaba a la madre de Laura. La niña podría lastimarse jugando con los cubiertos o, peor aún, podría echarse por encima la comida caliente de un manotazo, sin darse cuenta, así es que su madre decidió que lo mejor sería que fuera ella la que diera de comer a Laura. No le costaba ningún trabajo y así Laura no correría ningún peligro.

Y de esta manera fueron pasando los años. Su madre acompañaba a Laura a todas partes, empujando su silla, alimentándola y vistiéndola para que no le faltara de nada. Poco a poco, los brazos de Laura se hicieron más y más delgados. Y al igual que sus piernas, caían lánguidos hacia el suelo, casi sin vida.

Una hermosa tarde de primavera, Laura pidió a su madre que la llevara al campo. Le habían hablado de un precioso lago donde algunos de sus amigos solían ir a jugar y bañarse.

El camino llegaba casi a la orilla del lago, por lo que su madre no tuvo dificultad para acercar a Laura en su silla hasta el borde para que disfrutara del bello paisaje. Laura sonreía feliz. Veía cómo el sol se colaba entre las hojas de los árboles reflejándose en el agua. A lo lejos, unos niños se oían chapotear entre risas. Laura inclinó un poco su cuerpo hacia delante, intentando verlos, pero ese movimiento hizo que la silla se desplazara, resbalando con las hierbas del camino, y cayó al lago.

Su madre corrió hacia ella para intentar salvarla. “¡Dame la mano!” – le gritó – mientras alargaba su brazo desesperadamente hacia la niña. Laura la oyó, su voz amortiguada por el agua, pero no consiguió mover un sólo músculo. Tenía unas piernas y unos brazos sanos, pero nunca los había movido y ahora no sabía cómo hacerlo. Como una roca, Laura se fue hundiendo en el lago, sin hacer un solo movimiento para salvarse. Mientras, a lo lejos, unos niños con moratones y arañazos en sus piernas saltaban desde las rocas y nadaban entre juegos y risas.

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