Coaching educativo: ¿Cómo podemos aplicar el coaching los padres?

Coaching educativo: ¿Cómo podemos aplicar el coaching los padres?

Luis salió del colegio de muy mal humor. Su madre, como cada tarde, le esperaba en la puerta del centro. Le vio llegar con la cabeza gacha y refunfuñando.

– ¿Qué te pasa, Luis? – le preguntó ella preocupada.

– ¡Nada! – contestó él de mala gana.

Subieron al coche.

– ¿Cómo te ha ido hoy? ¿Ha pasado algo? – insistió ella.

Luis contestó con un bufido y, cruzándose de brazos, se giró hacia la ventanilla y continuó el viaje a casa en silencio, con la mirada perdida en el horizonte.
La madre de Luis estaba intranquila. Quería saber qué había ocurrido. Sin embargo, entendió que no era el momento adecuado para hablar con su hijo.

Llegaron a casa. Luis parecía algo más tranquilo, aunque continuaba con su cara de pocos amigos.

– ¿Quieres merendar? – le ofreció su madre.

Luis estaba hambriento y no dudó un momento en aceptar la invitación. Fue a la cocina y comenzó a prepararse un vaso de leche y un bocadillo. Su madre se sirvió un café y se sentó con él. Mientras le pasaba a Luis el bote de cacao, le dijo con voz tranquila:

– Normalmente vienes muy contento del colegio y hoy tengo la impresión de que estás enfadado. No sé si te ha ocurrido algo y no quiero entrometerme pero me gustaría poder ayudarte.

Luis, con la mirada fija en algún punto indefinido de su vaso de leche, contestó:

– No, no pasa nada.

Su madre bebió un poco de café y guardó silencio.

– Es que no puedes ayudarme, son cosas mías – siguió él.

Su madre le miró y asintió levemente con la cabeza, pero no dijo nada.

– ¡Es que tengo que hacer un trabajo con un niño pero él no quiere hacer nada y tengo que hacerlo todo yo! – contestó finalmente bastante alterado – ¡Y encima tenemos cuatro días para entregarlo y ahora me toca pasarme la tarde haciendo el trabajo porque él no quiere hacer nada!

– Te comprendo, Luis. – dijo ella con voz pausada – Si tienes que hacer un trabajo con alguien que no quiere hacer NADA, es normal que estés así.

– Claro, es que es eso. Se ha enfadado conmigo porque dice que yo no he hecho nada y ahora quiere que lo haga yo todo.

– Uhmmm……no entiendo. Me decías que él no quería hacer NADA.

– Bueno, verás, es que es un trabajo de cuatro partes y nosotros nos repartimos de manera que él buscaba información en internet y yo hacía los dibujos y la portada. Pero ahora dice que ya no quiere hacer más.

– Entonces, por lo que me dices, él sí ha hecho ya ALGO del trabajo, ¿no?

– Sí, claro. De las cuatro partes ya hemos hecho una. El ha buscado la información y yo he hecho los dibujos. Pero dice que lo suyo es más trabajo.

– Comprendo… Si tú hubieras buscado la información y él hubiera hecho los dibujos, ¿qué pensarías?

– Bueno…no sé…claro…buscar la información es bastante trabajo. Pero hacer los dibujos tampoco es fácil. Aunque buscar la información te lleva más tiempo, claro.

– Y me dices que tenéis que entregar el trabajo en cuatro días, ¿es así?

– Sí, y aún nos faltan tres partes.

– ¿Qué se te ocurre que podrías hacer para que finalmente entreguéis el trabajo en esa fecha?

– Pues…hombre, podría hablar con él para repartirnos otra vez el trabajo. O podría hacerlo todo yo solo y ya está. Porque claro, otra opción sería no hacerlo y entregar sólo lo que tenemos terminado pero nos pondrían mala nota y no quiero.

– Entonces, en cuanto a esas dos opciones que me dices (hablar con él para repartiros el trabajo o hacerlo tú solo) ¿qué ventajas y qué inconvenientes le ves a cada una?

– Pues lo de repartirnos el trabajo, lo bueno es que lo haríamos entre los dos y además la nota seria más justa porque nos ponen la misma nota a los dos. Lo malo es que tendría que convencerle porque ahora está enfadado. Y lo de hacerlo yo solo, lo bueno es que lo hago yo y ya está. Lo malo es que, claro, hago yo todo el trabajo y es mucho.

– ¿Qué quieres hacer?

– Intentar hablar con él y repartirnos lo que falta.

– ¿Cómo se lo vas a plantear?

– Pues le puedo decir que yo busco la información de lo que falta y que él haga los dibujos, o dejarle que elija lo que quiere hacer, o… no sé…

– ¿Qué te parece si le das una vuelta a las distintas propuestas que le puedes hacer?

– Sí, eso haré.

Luis se acabó su vaso de leche de un trago y corrió a su habitación para ponerse “manos a la obra”.

Unas horas más tarde, Luis se dirigió a su madre.

-Mamá, finalmente he decidido que, para que vea que sí quiero trabajar, hoy he terminado la parte dos. Y mañana le diré que nos podemos repartir las otras dos partes del trabajo y que si él quiere hacer los dibujos, a mí no me importa buscar la información.

– Ajá. ¿Cómo te sientes con esa decisión?

– Estoy contento. Creo que es justo. Y además así podremos terminar el trabajo juntos y a tiempo.

– Muy bien. ¿Cuándo vas a hablar con él?

– Mañana, según llegue al cole, antes de que empiecen las clases.

– ¿Qué harás si sigue enfadado y te vuelve a decir que no quiere hacerlo?

– Pues…bueno, siempre me queda la opción de terminarlo yo solo. Pero al menos lo habré intentado. Los trabajos en grupo son para hacerlos en grupo y supongo que ponernos de acuerdo también es parte del trabajo.

La empatía, la capacidad de escucha, saber realizar preguntas en lugar de ofrecer respuestas, hacer que los hijos sean los protagonistas de su propio aprendizaje, hacer que evalúen diferentes puntos de vista, que flexibilicen su pensamiento, que aprendan a tomar decisiones, que tomen acciones en base a ellas, que anticipen dificultades,…

El coaching nos aporta a los padres grandes herramientas para ayudar a nuestros hijos en su desarrollo. No se trata de que nos convirtamos en coaches o que utilicemos el coaching en todo momento pero hay situaciones en las que estas habilidades pueden marcar una gran diferencia.

¿Cómo habría cambiado esta historia si la madre de Luis no hubiera dispuesto de estas herramientas?

Como padre o madre, ¿has vivido alguna situación similar?

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